Un paso hacia mi felicidad

¿Por qué no doy el paso de dejar mi trabajo? Los domingos por la tarde son el peor tormento que me puedo imaginar. Tirado en el sofá, veo algún partido de fútbol, o a Nadal, o lo que estén echando, observo el reloj del móvil como una especie de cuenta atrás hacia el infierno. La situación es para verla: un ser humano con todas las comodidades del siglo XXI a su alcance, en su periodo de ocio, lamentándose por lo que va a suceder a la mañana siguiente. Angustiado y malhumorado en el poco rato en el que, mira tú, se supone que tendría que disfrutar de lo que se consigue de lunes a viernes. Mierda.

¿Por qué no doy el paso de dejar mi trabajo? No es mejor lo que ocurre cuando suena el despertador el lunes. O el martes. O cualquier día en que esa maldita melodía me obliga a abrir los ojos en la oscuridad total de la casa. Y de la noche, que es muy pronto. He llegado a estar tan asqueado que hay días en los que, aún muerto de sueño, estoy despierto cuando va a sonar esa demoniaca secuencia de notas sólo para poder pararlo a tiempo e ir a la ducha con el alma en los pies.

¿Por qué no doy el paso de dejar mi trabajo? Y antes era peor. Porque antes cogía el coche y me metía en un atasco descomunal que me tenía una hora parando y arrancando en un trayecto que se hace en quince minutos en condiciones normales. También es verdad que jamás lo he hecho en condiciones normales. Igual es que no existen y está siempre atascado, a cualquier hora y en cualquier día desde el big bang; 13.500 millones de años de atasco. Y subiendo. Ahora, ya digo, es algo mejor, porque voy en transporte público, rodeado (¡ja! ¡atrapado!) de gente por todos lados y haciendo malabares para mirar el whatsapp.

¿Por qué no doy el paso de dejar mi trabajo? Que es viernes y no puedo estar más contento, más feliz, más encantado de haberme conocido, que son las tres de la tarde y hace un sol maravilloso aún en las lluviosas tardes de invierno, porque no me puede importar menos la meteorología en esos momentos y, a la vez, ya estoy con el come-come interior de aprovechar a toda velocidad ese instante porque, horror, va a ser domingo en nada. En menos. Ya. Ay, Dios, que es domingo otra vez, ay.

¿Por qué no doy el paso de dejar mi trabajo? Si yo lo que quiero no es tan caro, si de verdad que cuando juego a la Primitiva no quiero todos esos millonazos para ser el más guay del barrio ni pegarme la vida padre, que yo con pagar mis cuatro caprichos y la hipoteca tengo más que de sobra, que no me resulta ni apetecible ser rico y mi único objetivo que no existan los domingos por la tarde.

Entonces, de verdad, entonces… ¿por qué no doy el paso de dejar mi trabajo? No se van a abrir las puertas del infierno bajo mis pies porque yo ya vivo en el infierno; no me voy a morir de hambre porque tampoco es que esté ganando un dinero que no se pueda conseguir casi de cualquier otra manera; no estoy soñando con convertirme en un miembro de la aristocracia que necesite de lujos de revista para vivir como me gusta; no hay ni un sólo motivo emocional, físico, económico, motivacional, vocacional, vital… que me mantenga unido a un lugar que detesto y del que no puedo decir que me aporte un sólo beneficio más que la supervivencia a corto plazo. No, en serio: ¿Por qué hostias no doy el paso de dejar mi trabajo?

Se acabó, no hay ninguna necesidad de darle vueltas a un asunto que tengo clarísimo. No voy a perder una tarde de domingo más con la desesperanza como única compañera. Voy a dar el paso definitivo que me merezco, y que no es otra cosa que pelear por mi felicidad. Los perjuicios de mi situación son muy superiores a cualquier beneficio que esté obteniendo y cualquiera podría ver, a poco que mirase la foto desde lejos, que lo que estoy haciendo es perpetuar mi propia cárcel. No me gusta. No lo quiero. Lo único que necesito es despojarme de miedos y prejuicios y apostar por lo único que me da exactamente lo que quiero: yo mismo.

Así que no voy a hacer más la pregunta, porque ya sé la respuesta: Voy a dar el paso de dejar mi trabajo.

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