Sólo me falta barrer la oficina

Inés pasó como una exhalación por la sala de estar donde se reunían los candidatos al puesto de trabajo donde echó su curriculum. Nunca fue una mujer de hacer colas ni de perderse en medio de la masa. En clase con la mano levantada, en las primeras filas. En su grupo de amigos, la que proponía planes de grupo. En las escapadas grupales, la que compraba los víveres y la que llamaba a las casas rurales para reservar. En casa, la de los chistes en la mesa, la que obligaba a su madre a salir a pasear, la que obligaba a su padre a ir a la revisión de la próstata. Así que en un proceso de selección, la última en llegar a la salita, la primera en entrar a la entrevista y la que más desparpajo mostró.

Ah, sí, y la más cualificada. Porque eso es lo que le acabó dando el puesto. Un curriculum imponente en cuanto a estudios, notas, experiencias como becaria y recomendaciones. Pocas cosas tan válidas en el mundo como una joven con tal energía cuando usa su concentración para cualquier tarea. Y ella aceptó, porque lo que le proponían era, exactamente lo que estaba buscando: empresa joven, en crecimiento, en el sector de la tecnología, con flexibilidad de sobra como para encajar sus virtudes e, Inés pensaba, libertad para aprender y crear según sus propios criterios.

Palabra clave: pensaba.

A los pocos días de comenzar a trabajar en la empresa se dio cuenta de que la tenían machacando en labores rutinarias y de organización interna. Poner tales papeles aquí, ordenar tal base de datos, agrupar documentación para presentarse a concursos. Nada de lo que hacía tenía que ver con sus estudios ni con sus habilidades. De hecho, no necesitaba ninguna habilidad especial para llevar a cabo su trabajo, más que el hecho de presentarse a las ocho de la mañana y estar hasta las cuatro haciendo exactamente lo que le ordenaban, sin necesidad, ni deseo por parte de nadie que no fuera ella, de pensar en la labor más que como en una máquina de montaje.

Lo achacó a su inexperiencia y a ser sólo el inicio de su periplo en la organización. Además, qué narices, jamás le habían detenido los obstáculos, y nunca se había caracterizado por pasar desapercibida. Haría todo ese trabajo rutinario y dejaría aquí y allá sus perlas de cómo mejorar los procesos y, a partir de ahí, de cómo mejorar la empresa en general. Nadie es capaz de pasarse mucho tiempo sin escuchar a Inés cuando tiene algo que decir.

Bueno, o sí. El caso es que Inés aporta sus ideas para que el papeleo se agilice, para que las bases de datos funcionen mejor y más rápido, para que los clientes sean atendidos de manera más eficiente, para que los proveedores tengan mucho más claro qué se necesita de ellos y cuándo. “Mira, chica, esto es así porque nos ha funcionado hasta ahora, y si cambiamos eso tenemos que cambiar al resto de gente que trabaja como tú, y sería un jaleo, así que vamos a seguir igual”. Pues ya está, dice Inés, es el momento de que me dejéis hacer para lo que me habéis contratado.

Jajaja. Qué va. Nada parecido. Es más, de un tiempo a esta parte incluso las tareas se han ido convirtiendo más y más en rutina, en algo que, según Inés, podría hacer cualquier mono con un adiestramiento medio. Y, pasadas las doce del mediodía, le parece que lo del adiestramiento es un lujo innecesario. Pom, pam, pom, pam. Tecleando aquí y allá. Un día tras otro hasta hacerle perder el empuje inicial, y el que siguió a ese.

A Inés le parece que lo único que le falta para mandarlo todo al carajo es que un día le pongan a barrer la oficina.

Y ese día llega. Con el punto y final a un proceso de concurso público, que ella cree que no tiene gran relación con la empresa, ni tienen grandes esperanzas de lograrlo, pero que les ha llevado dos meses de acumulación de inútil documentación por parte de ella y sus compañeros, mientras por arriba se tomaban decisiones incongruentes, el lugar de trabajo está hecho un desastre. Es tarde y por la mañana está prevista la llegada de unos clientes extranjeros ante los que se quiere dar una imagen intachable. Avergonzada, las cosas como son, la jefa de Inés pide, por favor, a los que se han quedado que le echen una mano para dejar aquello adecentado.

Y ahí tienes a Inés, la que nunca pasa desapercibida, la que jamás ha defraudado a la brillantez, la que firmó para elevar el nivel de una joven empresa, barriendo una oficina que odia con todas sus ganas porque la han convertido en una máquina sin opinión ni uso útil para el raciocinio. Es el momento de cambiar.