No quiero un futbolín para ser feliz en el trabajo

Os cuento que empecé a trabajar en una moderna start-up y me estoy volviendo loco por no entender un carajo el orden de prioridades al que se me somete. Es un asunto que parece una estupidez y, día a día, está consiguiendo que la confusión sea el único sentimiento real que estoy desarrollando hacia mi lugar de trabajo. La culpa la tiene un futbolín.

De chaval iba a salas de juego y bares horribles que tenían futbolín. No eran horribles por tener futbolín; eran horribles, a secas, y el tema del cacharro ése sólo era la guinda del pastel. Porque se me daba de pena. No tengo fuerza en las muñecas. O habilidad. O lo que sea. Lo que seguro es que odio el futbolín con todas mis ganas. Yo quería echar una partida a algún matamarcianos guay y, si no, beber cerveza con los colegas mientras miraba a alguna chavala de reojo, no fuera que, de repente, me devolviera la mirada.

Y no. Había que pasar la tarde con aquella aberración que ni se parecía en nada a jugar al fútbol, ni tenía la gracia de una partida de billar, ni las deslumbrantes luces y emociones de matar a un jefe final de fase. Dado mi nivel de habilidad, que en seguida se vio acompañado por mi nivel de entusiasmo, lo que me tocaba era, por este orden, enfadar a mi compañero, perder y pasar por debajo del cacharro infernal, volver a casa hecho un Cristo por las rodillas y aguantar la bronca de mi madre que, encima, me olía el aliento y me ponía firme como una vela con un zapatillazo que me bajaba el mareo de la cerveza a los talones.

El futbolín de las narices.

Pero volvamos a la start-up.

Desde el mismo instante de la entrevista de trabajo, la gente que la dirige me hizo sentir un poco extraño. No me entendáis mal; estoy muy a favor de los buenos sentimientos, la amabilidad y el respeto ¿Cómo no? Pero eso es una cosa y otra esa mano por la espalda, esa complicidad de compañero de terrazas veraniegas y esa promesa de que me lo iba a pasar muy bien si acababa trabajando para ellos. Bueno, a ver, que yo sé que soy introvertido, pero tampoco creo que le haga daño a nadie con mi forma de ser y, a ver si me explico con claridad, yo no necesito trabajar con amigos chupiguays sino que prefiero compañeros profesionales.

El caso es que la entrevista sólo fue el anticipo. Ahí me veo, quince días después, entrando en un puesto de trabajo indefinido, con los ordenadores puestos en mesas como sin orden ni concierto, y unas excesivas carcajadas ante los chistes de los jefes. Ésto último, concedo, nada que no haya visto en todos los demás trabajos donde he estado.

La sensación de extrañeza no deja de aumentar cuando el jueves de mi primera semana veo que nadie se levanta de la silla a la hora de salida, siguen dándole a la tecla y, en un momento dado, descubro mi particular jardín de los horrores. Un encargadete abre la puerta de una salita donde no me había preocupado de poner ni un pie (soy de los que entra, hace su faena y se va sin fijarse mucho ni en cafeteras ni en escondites donde charlar) y veo una mesa de ping-pong, una de billar, una especie de barra y… un futbolín.

Algarabía. Mis compañeros se levantan. Charlan animados. Sacan unas cervezas, unos refrescos, unos snacks y montan una verbena improvisada en torno al potro de tortura de mi adolescencia. Es mi primera semana, no me voy a ir, claro, así que trato de sumergirme en el oleaje de muy sincera alegría, felicidad y divertimento en el que me he visto inmiscuido con sincera, pero oculta, inapetencia.

Tardo siete días en descubrir que esto pasa más de un jueves. Y catorce en darme cuenta de que pasa todos. No me puedo ir, no puedo quedar mal, no puedo dejar de jugar al futbolín, no me puedo ir a mi puñetera casa.

¿Cómo es posible que algo tan sencillo se convierta en algo tan complicado de explicar y, por lo que he visto desde entonces, de entender?

Simplemente, no me divierten las mismas cosas que a otros, no quiero que me obliguen a divertirme en mi horario de trabajo y a fe que lo único que me apetece los jueves por la tarde es irme a mi casa a la hora y no pasar ni un minuto más forzando, como todos los demás, que el ambiente generado, de forma tan espontanea, me está agobiando hasta extremos insalubres.

Debe ser que mi motivación social es baja. Pero qué le voy a hacer. Es lo que hay.

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