No me cuentes historias y muéstrame la verdad

Queremos ver y tocar. Estrujamos los aguacates, los melones y las sandías. Les damos un toquecito para saber que están buenos. Nos gusta conocer de primera mano.

Me gusta probarme la falda, o el pantalón. Saber si me queda bien de primera mano. Hago poco caso al dependiente que me dice que «es una prenda que sienta muy bien». Quiero probar si me encaja y no ha ninguna mejor manera que entrando en el probador.

Pruebo los sofás antes de comprarlos, para saber si son cómodos. Le tumbo, me espanzurro. Le digo a mi marido que haga lo mismo. También a los niños. Nos apretujamos en el sofá más grande que hay para saber si cabemos todos.

La vida va de tocar y sentir lo más parecido a la realidad. A veces no es fácil y necesitamos ayuda, por eso nos dejamos llevar por los comentarios de tu cuñado sobre el coche que se ha comprado. Nos dice que no le gustan los Ford y ya cambiamos nuestra percepción de la marca. Lo mismo si alguien nos habla del último Samsung sin que lo hayamos probado antes. Escuchamos a la gente real, no a las comunicaciones de la marca.

Entonces, ¿por qué nos fiamos de lo que pone en un elemento de venta como es el CV?¿Hay alguien en el mundo que no haya redactado esas líneas pensando en ponerlo todo «de la mejor forma» para atraer la atención de quien lo va a leer?

Entiendo que es imposible entrevistar a todas las personas. Ni siquiera es lo deseable. Lo óptimo es que los mejores puedan brillar y tú seas capaz de ver el brillo aunque haya muchos otros tapando esa luz.

Por ello, creo firmemente que el CV debería pasar ya a la historia, con todas sus palabras claves, sus filtros y sus «matches inteligentes» mágicos basados en los contenidos de ese documento.

Vayamos más adelante e intentemos conocer «de verdad» si el aguacate está en su punto. No miremos sólo la foto promocional.

 

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