Mi trabajo es solucionar marrones de otros y nadie me lo agradece

08:01 – Alguien ha dejado las luces encendidas toda la noche, y hay un par de ordenadores ronroneando con el acompasado ronroneo de los que se han quedado enganchados en la pantalla de cierre de Windows y no han pasado de ahí. El desaguisado significa que no se han reiniciado los discos duros virtuales y, por lo tanto, el trabajo que tengo que hacer esta mañana no puede realizarse de momento. Voy puesto por puesto apagándolos de verdad, y ya me entra una calentura curiosa para empezar el día.

08:34 – Aparece mi compañero. Atasco, dice. O que el Metro no funciona. O que ha explotado la Tercera Guerra Mundial. No sé. Hace tiempo que ya no presto atención a las excusas. Sí le hago saber que he tenido que ponerme en paralelo con su ordenador y el mío porque el documento conjunto en el que estamos trabajando no me permitía continuar sin su corrección fina. Corrección que aún no ha hecho.

09:11 – Ni hará en breve, porque lo primero que hace es irse a la máquina de café y pasar un rato, un señor rato, con un donuts y su grupete matutino de análisis de los programas de la tele de ayer. Los oigo de lejos y se me erizan los pelos de la espalda porque la conversación avanza hacia terrenos complejos de relaciones personales entre los concursantes de un reality y, que me los conozco, van a acabar echándose cosas en cara que les pasaron a ellos mismos, cosas parecidas, y luego vendrán los enfados, lloros, lamentos, y un par de horas más de espera.

09:23 – No es que importe mucho porque llama un cliente enfadadísimo. La que le hemos liado. Nos va a denunciar a no sé dónde, a no sé quién. Escucho, digo que sí, que eso no puede ser y trato de ganar tiempo porque no sé de qué demonios me está hablando. Trato de pasárselo al departamento correspondiente y veo que la extensión comunica. Pues nada, tomo nota de todo. La liada es pequeña, ciertamente.

09:26 – Tras comprobar que el departamento de post-venta tiene una guerra abierta que no parece que vaya a acabar bien, me guardo el papel y, resignada, me encargo del problema yo misma. A fin de cuentas, no puedo ponerme aún con lo mío.

10:17 – Tras un cliente, un proveedor. Sonriente, ha entrado en la oficina para charlar con el jefe y éste no está. A saber dónde anda. El resto de la sala baja la cabeza y aporrea las teclas de sus ordenadores como si estuvieran haciendo algo importantísimo. A ver si adivináis a quién le toca atenderle ante tal exhibición de escaqueo. Hola, Manuel, ¿qué tal? Vamos a echar un café.

11:34 – Si escucho a Manuel contarme un asunto más de su empresa, de cómo necesita que el siguiente envío sea mayor, del dolor de cabeza que le dan sus socios, sus hijos, su mujer, su equipo de fútbol, exploto. No, literalmente. Como una bomba atómica. He conseguido, creo, ser la más amable del mundo y prometerle que hacemos lo que podemos por nuestra parte. Además, alguien dio mal la dirección al último transportista y eso le ha causado un trastorno enorme. Me hago cargo. Yo tranquilizo a Manuel. Yo llamo al transportista. Yo gestiono el siguiente pedido. Yo le paso los albaranes de los últimos tres meses a limpio.

12:01 – Hombre ¡el jefe! ¿Adivináis lo primero que pregunta? Por mi documento conjunto. Digo mi porque lo he hecho entero. Y un poco más. No, no está acabado, que mi compañero se ha liado con no sé qué verbena del BOE y aquello no cuadra por ningún lado. Pues tiene que estar antes de comer.

12:46 – Me he comido todas las ediciones del BOE de los últimos dos meses y he encontrado el problema. Se lo he pasado a mi compañeros, que ha notado cierto resquemor en las puñeteras voces que le he dado delante de toda la oficina. Que como me pongo. Hija, no tendrás la regla. Juro por Dios que 20 años de cárcel no me parecen gran cosa para pagar lo que me apetece hacer ahora mismo.

13:59 – Acabo de rematar el trabajo de mi compañero y corro para presentarlo al que manda, que ese no perdona y a las dos está saliendo por la puerta. Error. Ya había salido por la puerta. Su secretaria me dice que no le dejó dicho nada de mi asunto, que no sería tan importante y, por lo tanto, ella no lo va a tramitar. Como yo sí sé que es importante, me encargo de hacer el registro yo misma mientras le echo un mal de ojo a la secretaria. Ésta, en justa compensación, me dice que soy la única que ha venido medio presentable y, por lo tanto, la única digna de ir a comer con el potencial gran cliente que el jefe ha dejado tirado, porque no se acordaba que le había invitado a comer.

15:11 – El cliente es más callado que una estatua. Me ha dado dos retazos de lo que quiere antes de sentarnos a comer y no ha vuelto a decir ni mú. Francamente, sólo se me ocurre beber una botella de vino entera para pasar el trago.

16:00 – Vuelvo a la oficina y me encuentro a mi compañero, a la secretaria del jefe, al jefe, al departamento de post-venta, al comercial y a un transportista que no conozco de nada, enfadados por haber hecho su trabajo por la mañana, que quién me manda. Creo que voy a dormir la siesta hasta la hora de salir. Es eso, o salir en la sección de Sucesos mañana en el periódico.

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