La vida sigue sin mí mientras vivo en la oficina

Tengo dos hijos. Andrea y Marcos. El nacimiento de la mayor fue todo un acontecimiento en mi oficina. Eramos un grupo relativamente joven, de gente que empezó más a o menos al mismo tiempo en mi departamento, y Andrea fue de las primeras niñas en venir al mundo en el grupo. Mi jefe fue más que generoso con los días libres, a la vez que comprensivo con cada problema menor que surgía que, por descontado, entonces no nos parecían menores. Yo, a su vez, fui un trabajador modélico y no me aproveché de la situación; es más, estuve de vuelta antes de la baja, hice horas extra cuando noté que había dejado tirados a mis compañeros y correspondí a tanta buena voluntad como sentí.

Las fotos eran deseadas y comentadas. Incluso pusieron a mi pequeña bebé en el corcho de la salita del café. El primer día que apareció el carrito con Andrea dentro, una oleada de “ooooh, qué mona, ¡cómo se parece a ti!” recorrió toda la oficina. No me perdí ni una visita al pediatra, ni una entrevista para las guarderías, ni una compra de ropa.

Tras Andrea llegaron muchos niños a la empresa. El salario estable, la edad, el estilo de vida… la obviedad biológica y social. Mis compañeros tenían hijos. Y a ellos cada vez se les hacía menos caso. El pico de Andrea no lo pudo replicar nadie. Como hubiese dicho Bender, el robot respondón de la serie Futurama, “yo gané la paternidad” porque las carantoñas y los favores a los que siguieron emprendieron una ruta descendente. Peor lo tuvieron mis compañeras, claro. En cuanto comenzaron a sucederse las bajas maternales, y en la misma proporcion, dejaron de darse favores desde la dirección. No a ellas: a todo el mundo.

El estricto cumplimiento de la ley, con su falta de cintura, y el hartazgo por los duelos de cubrir las bajas maternales, me pilló de lleno con el nacimiento de Marcos. Y, como tal, actué. Mi inflexibilidad se niveló con la de mi jefe. Entre filos duros y rugosos sólo se puede esperar la fricción. La relación nunca volvió a ser la misma. En el corcho de la salita del café gobernaba ya un excel con los rendimientos de la empresa y una porra para el próximo partido de la Champions.

El tiempo ha pasado y todo ha ido a peor. Ya no es que me perdiese la mitad de asuntos de bebés con Marcos que con Andrea sino que, ahora que ya son niños con capacidad para hablar, andar, correr y, peor aún, hacer cosas, no hay manera de que su vida y la mía coincidan. El último baile de Halloween en el que estuve con ellos fue hace un lustro. La última vez que pude verles en la actuación de fin de curso fue porque mi jefe estaba de baja y me escapé. La mayor parte de las veces les hago de cena lo mismo que han comido en el comedor escolar porque ni me fijo en el menú que me dan cada mes. Andrea es campeona de cross de su colegio, y jamás la he visto correr.

La erosión en mi vida familiar es evidente y, sin embargo, sólo es el gatillo de la bala que se ha incrustado en el pecho de mi vida laboral. Miro con odio a quienes creo que me han encerrado a un día a día alejado de los que más quiero. Siento que mis compañeros han desarrollado un sentimiento similar y, además, sé que se comenta, entre los que no tienen hijos, que no hacemos más que quejarnos y ser un incordio. Es más, que son ellos los que no tienen ninguno de los “privilegios” de los que disfrutamos, una especie de aventajados fumadores que pueden bajar diez minutos cada poco rato mientras los no fumadores se quedan encerrados en su ordenador.

Y, francamente, a mí me da igual. Yo lo que quiero es poder volver al ambiente con el que empecé en esta empresa, en el que se hacía uso de ese concepto tan difícil de explicar, y tan fácil de entender, de humanidad y sentido común, ese en el que yo estaba feliz por compaginar mi vida en casa y en el trabajo, en el que me sentía comprendido y, a la vez, yo comprendía mis obligaciones, que daba tanto como me daban.

Quiero ser parte de la vida de mis hijos y quiero que mi empresa entienda que eso es bueno también para ella. El problema es que temo que, para conseguirlo, no me va a quedar más remedio que buscar en otros lugares, porque lo que comenzó como un enamoramiento con Andrea ha acabado siendo un hastío de tanto crío que ni les va ni les viene. O eso creen ellos, sin tener ni idea de lo profundo de su error.