El objeto humano de la oficina

Cada día, cuando ya llevo un buen rato sentado delante del ordenador en la oficina, tecleando como si me pagasen por pulsaciones, veo pasar a los jefes camino de la sala de reuniones. No sé si acaban de llegar, no sé si van a hablar de algo serio o de alguna tontada. A veces cruzan por la oficina como una exhalación, serios y concentrados. En otras ocasiones van relajados y haciendo bromas. Las más, los encuentro en una mezcla de ambos estados de ánimo. O, para ser preciso, a unos de una manera y a los otros de otra.

Lo que es siempre igual es lo que ocurre cuando salen: nada. Nada con respecto a mí, a mi puesto, a mi función.

Hubo un tiempo, que ahora parece en blanco y negro, casi como de siglos atrás, en los que el esfuerzo de comunicación era real. Me reunía con mi jefe de área y le explicaba cómo creía que tenía que hacer tal o cual cosa, cómo se podría mejorar tanto en el tiempo que invertíamos como en el objetivo final. Y me escuchaba. Lo parecía, al menos. Con la ilusión y las ganas por bandera se me ocurrían docenas de asuntos que, en la mayoría de las ocasiones, dormían el sueño de los justos. Pero mi jefe escuchaba, pensaba y desestimaba con alguna explicación que, sí, solían tener sentido. Incluso se me hizo caso alguna vez. Qué barbaridad. Qué surrealista parece eso hoy.

El tiempo se encargó de finiquitar todo eso. De las explicaciones se pasó a los “eso no”. De los “esos no” a los gruñidos negadores ininteligibles, los grrhnoonorrghs. De los grrhnoonorrghs a los pffffs. Y de los pfffs al silencio absoluto, al silencio de menos 273 grados jefe. El final fue mi silencio, claro. Y nunca más una idea más allá del machaque de las teclas y las miradas de reojo a la reunión de jefes.

A veces no es así. A veces si salen de esa sala y dicen algo. Como cuando estábamos en alguna clase en la que no sabíamos qué demonios estaba preguntando el profesor y agachábamos la cabeza esperando volvernos invisibles, a lo único que aspiramos cuando acaba la reunión es a no tener que entrar en algún otro despacho, mucho más reducido, porque alguno de esos nos llama por nuestro apellido. Los temblores se oyen hasta en el bar de abajo cuando eso sucede.

Porque entras ahí y enfrente tienes a un ser desquiciado que te empieza a echar la bronca de, para empezar, una mierda que pasó ayer y de la que nadie sabía una palabra. Vamos, que ni siquiera parece que tenga nada que ver contigo. La cosa se va calentando y empiezan a aparecer productividades y horas entre los espumarajos de la boca y, diez minutos después, eres el responsable de la derrota del Real Madrid en el partido de ayer de la Champions. Y aún puede ser peor: puedes rechistar en algún momento y, ay, ahí sí que todos los infiernos se abrirán y toda la viabilidad de la empresa estará en juego por ese puto e-mail traspapelado. O desaparecido. o inexistente. O sabe Dios qué, porque ya no entiendes nada.

Así que cabeza abajo, montar la solución más sensata que se te ocurra y esperar que tamaña catástrofe pase sin más heridos.

Que pasa. Claro que pasa. Al día siguiente no hace falta ni presentarla en sociedad, la solución, digo, porque los de la sala grande entran sonriendo, o con prisas, o concentrados, o cómo sea… pero sin prestar la más mínima atención a aquel gigantesco problemón surgido en la reunión anterior porque, vaya, es que ni se acuerdan de qué demonios les estás hablando. Sigue con tu buen trabajo, sigue, que no queremos molestarte.

Porque, lo asumo, el arrebato de furia de mi jefe vino porque un jefe superior suyo tuvo un arrebato de furia que, a su vez, lo sufrió de otro superior. La pirámide de la mala hostia siempre acaba parando en el mismo sitio. Y ese es el del silencioso ser humano que está tecleando a todo meter, casi sin mirar ni el teclado ni la pantalla, con los cascos puestos y sin la más mínima gana de intercambiar una sola palabra con su superior. Porque hace mucho, mucho tiempo que ni una sola de sus ideas ha sido tenida en cuenta y lo más que puede esperar de esta relación es, primero, la indiferencia y, después, por fin, la tierra prometida: un trabajo diferente.