Demasiado buena para trabajar

La carcajada de Inés se escuchó en todo el departamento de recursos humanos. La empresa que estaba en pleno proceso de selección la había llamado el día anterior para acudir a una entrevista de trabajo. No se imagina que clase de discrepancia puede haber entre la persona que la llamó y la que se sentaba detrás del escritorio de aquel despacho, pero lo obvio es que no se hablaban mucho. Porque resulta que, tras pasarse un par de minutos hojeando el curriculum de Inés, el propietario del despacho le dijo que aquello era demasiado, que era demasiado buena para trabajar con ellos.

No se hubiera reído Inés con tantas ganas y, a la vez, tanta amargura, sino fuera porque era la tercera vez que le pasaba algo similar este mes. De forma más o menos sutil, desde luego más que en esta última situación, los empleadores le habían hecho saber, con buenas palabras y grandes deseos de éxito en el futuro, que lo que ella aportaba era demasiado para lo que pedían, y que preferían centrarse en perfiles más bajos.

Debían de suponer que era tonta o algo. Inés sabía de sobra el nivel que tenía, los campos que dominaba y las habilidades que podría llevar a esos puestos de trabajo y, además, era del todo consciente sobre su sobrecualificación para lo que pedían las empresas con las que estaba hablando. A fin de cuenta, eh, ¡tenían razón! era lo suficientemente inteligente, tal y como demostraba su curriculum, como para saber que estaba tendiendo a puestos que necesitaban menos de lo que ella aportaba.

Pero, precisamente, eso era lo que quería. Tras haber pasado por una experiencia desagradable en su anterior trabajo, estaba convencida de que tendría que dar un paso atrás. Primero por su propia salud mental y luego porque, no sin cierto interés egoísta y planificado, porque le gustaban las empresas a las que ahora aspiraba y se veía con más capacidad de ascender, de hacer carrera, que yendo por caminos más tortuosos.

En cualquiera de los casos, se trataba de su propia elección. No podía entender como aquella gente podía tomar la decisión por ella de si era demasiado buena para el puesto de trabajo. Y también le resultaba de todo punto desagradable que dieran por supuesto que se iba a aburrir, que iba a marcharse ante otra oferta en breve, que iba a ser una revolución en el departamento en el que la metieran. Bueno, eso, de nuevo, era cosa de ella, de sus elecciones, y le costaba racionalizar el hecho de que aquellos contratadores no vieran la oportunidad de conseguir a alguien que ellos mismos consideraban sobrecualificado y, por lo tanto, podían sacarle un jugo extraordinario, fuera por unos meses, fuera por unos años, fuera para toda la vida laboral ¿quién sabe? ¿acaso no merecía la pena el riesgo?

Para Inés, por supuesto, la respuesta era sí. Y, sin embargo, se estaba encontrando con un muro absurdo que le estaba impidiendo llevar a cabo un plan que, en su cabeza, funcionaba como un reloj. Tampoco es que se le hubiesen caído nunca los anillos por hacer todo lo que tuviera que hacer, y no le desagradaba poder emplearse a fondo en algo que no era especialmente adecuado a su formación. Es más: deseaba salir de su formación, de su supuesto nivel, de su zona de confort. Se veía, se ve, con toda la vida por delante y no entiende como un paso atrás el probarse en puestos que, en teoría, no son para ella.

Pero ahí está el muro. A veces por arriba, porque falta formación o experiencia, y a veces por abajo, por puro miedo o falta de visión general por parte de los que deben dar las opciones. Es por eso que surge la carcajada. Es por eso que Inés no se aguanta más y le espeta al señor del despacho que no sabe lo que se está perdiendo, que lo daría todo por cumplir con su puesto de trabajo como lo mejores y que, de haber encontrado un punto de comodidad entre todas las partes, algo nada descartable con la actitud que ella iba a llevar a la empresa, se estaría llevando una joya que les haría mucho bien en el futuro.

Pero, no, el curriculum había servido de barrera. Inversa, pero barrera al fin y al cabo, para que dos partes que iban a ser beneficiosas mutuamente no encontraran el punto medio que merecían. Inés salió el despacho jurando en arameo que aquel que inventó el fiar las contrataciones sólo a la formación, al curriculum, a lo estudiado o trabajado antes, era un ciego que se había hecho más daño a sí mismo que a cualquier otra persona. Ella, a fin de cuentas, acabaría encontrando un lugar donde trabajar sin que el curriculum fuese un telón de acero que ocultase el verdadero valor de cada persona, cada situación, cada deseo y cada actitud.

Comments